Edición #10 Intercambio de regalos con robots

El regalo que obsequiaré a mi robot en estas fiestas navideñas. Hace algunos años escribí un “musical” para la radio llamado: “Los Robots Reflexionan: ¿Qué piensan nuestras máquinas acerca de nosotros?” Originalmente solamente constaba de media hora de paisajes sonoros vanguardistas. La parte narrativa vino mucho después, cuando decidí que mi contenido el cual era primordialmente sónico, necesitaba de una trama.

La narración se desarrollaba casi en su mayoría por sí misma, revelando lentamente una exploración de la vida en algún momento del futuro cuando somos controlados por nuestras máquinas. Para ser exactos, es un tema un tanto antiguo, pero mi interpretación incluía un giro particular. La historia comienza en un momento cuando nuestras máquinas se habían enamorado de una de las principales cualidades humanas. Una que nosotros poseemos y que ellos claramente no: la capacidad de irracionalidad. Después de observar nuestro compromiso con la amplia gama de emociones humanas –desde el amor hasta enemistad, alegría a desesperanza, compromiso a sufrimiento, celebración a rechazo – las máquinas experimentan su primera emoción de forma real: envidia, o celos como nosotros los experimentamos en forma práctica.

Cabe aclarar que no me refiero al tipo de envidia dramática “lanza objetos”, con llanto y lamentos. Más bien a la que experimentamos con un asombro tranquilo y una inquieta anticipación sobre un futuro incierto. Las máquinas ahora con su reciente encontrada sensibilidad, pudieron finalmente mirar más allá del horizonte de la igualdad que había sido su hogar y ahora pueden ver la oportunidad de convertirse en impredecibles. Ahora se han puesto una meta para sí mismos: convertirse y llegar a ser más como nosotros, haciendo menos sentido para sí mismos.

Para lograr esto, se abrieron camino hacia el corazón de la maraña existencial de la condición humana en la que la gente se ocupa tan naturalmente. Lo que han descubierto es la necesidad de comprometerse en actividades que eran completamente extrañas para ellos. La primera de ellas, bailar.  La segunda, tomar vacaciones. La tercera era desarrollar una mitología para que ahora puedan participar en el acto de la adoración. Al final de la obra, habrían llegado a un objetivo que ni siquiera sabían que tenían: la nostalgia,  el anhelo irracional por las limitaciones del ayer.

He tenido la intención de escribir un segundo acto para esta obra en algún tiempo próximo. Desafortunadamente, el tiempo es corto y escaso. Pero a medida que reflexiono en esto conforme vivimos las fiestas navideñas en este 2016, pienso que el segundo acto debe presentarse precisamente en esta época de vacaciones decembrinas, lo cual provee una excelente oportunidad para estudiar la irracionalidad en su mejor momento. Se llevaría a cabo en un punto más allá en el futuro, después de que nuestras máquinas hayan practicado sus habilidades evolutivas en el área de la irracionalidad y se hayan convertido en nuestros amigos- o por lo menos en vecinos conocidos. El enfoque principal de la narración sería la naturaleza de dar regalos. Veamos lo que desearía que aprendieran de nosotros.

Es fácil criticar el comercialismo de las fiestas navideñas. Es también fácil quedar atrapado en él.  Sin embargo, el punto ideal se encuentra más allá de ambos. Las fiestas navideñas es la época del año donde se espera –que masivamente, de acuerdo a nuestra cultura- pensemos en los demás. Diría que es una especie de vergüenza pública saludable a la que de forma voluntaria nos sometemos. Desde luego que podemos, -y deberíamos- pensar en los demás todo el tiempo. Pero todos estamos ocupados, y conforme pasan los meses, seguimos cegados por la miopía de la auto-preocupación. Es precisamente cuando llega cada época navideña, cuando miramos un poco más de cerca nuestras caras preocupadas y nos preguntamos, “¿A dónde se ha ido todo este tiempo?”

Para las máquinas puede ser que no haya sentido del tiempo, o puede ser que el tiempo conforme avanza llegue a una especie de extinción. Sin embargo, si realmente quieren convertirse en humanos, necesitarían desarrollar este sentido del tiempo. Necesitarían sentir la irremediable pérdida de cada momento, y desarrollar el sentido de la vida como una serie de puntos decisivos que producen un compuesto de valía personal. Necesitarían entender que nuestras comunidades se comportan como espejos que permiten darnos cuenta de lo que nos hemos convertido por las huellas que hemos dejado en los demás, y que esas huellas son debido a los dones que hemos intercambiado entre nosotros.

Además, si los robots son buenos observadores del comportamiento humano, se darán cuenta que las fiestas navideñas nos dan la oportunidad de ejercitar nuestros “músculos donadores”, es decir, de entregarnos y darnos a los demás, y que además es una época que nos ayuda a crear memorias de las cuales estaremos orgullosos de que estén en nuestro pasado. Después de todo, sin nuestros “músculos donadores”, seríamos solamente un montón de máquinas débiles.

Entonces, ¿qué le voy a regalar en estas fechas decembrinas a mi vecino robot? Un par de pantuflas. La mayoría de los robots sensibles estarían muy felices de recibir pantuflas, precisamente porque es un regalo que no tiene sentido. Y tal vez mi vecino robot me regale también un par de pantuflas, lo que también para mí, no tendría sentido. Pero es la intención lo que realmente cuenta.

Algún día no muy lejano las máquinas sensibles estarán en nuestras vidas. Serán para nosotros como seres humanos con un valor agregado.  En algunas formas serán iguales a nosotros, y más avanzados en otras. Pero también serán ausentes. No tendrán nuestras tendencias irracionales de llevar a cabo acciones como el dar desinteresadamente, o balbucear cuando están atrapados en el amor y pronunciar tonterías reconfortantes para el corazón, o celebrar el año nuevo en un día en particular el cual no es diferente a ningún otro excepto por el significado que le hemos atribuido.

Por estas razones, es necesario que celebremos nuestra humanidad hoy, y que nos aferremos a nuestros seres irracionales por el mayor tiempo posible. Porque puede ser que un día nuestras máquinas volteen hacia nosotros y nos pregunten, “Cómo puedo ser más como tú?” Y cuando llegue ese día necesitamos estar seguros de ser los mejores seres humanos que podemos ser si queremos ser el mejor ejemplo para nuestros robots. Y la mejor manera de prepararnos para ese momento es dar, no sólo regalos, sino darnos, compartir nuestros dones con los demás, nuestros robots y el mundo.
Investigación y traducción por Eugenia Tamez

eugenia.tamez.ag@gmail.comEduktechMx

 

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